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Astronomia - Espacio Profundo

pablorr

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  • Cumpleaños 09/01/89

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  1. Sí, Tacun, la Pampa del Leoncito está en San Juan. Es llamativo que se haya omitido ese dato.
  2. Astrocolumna

    Hola gente querida! Hacía mucho que no andaba por estos pagos. Vuelvo con algo que quiero poner a su disposición: desde una revista recientemente lanzada me pidieron escribir una columna semanal sobre astronomía y ciencia en general. Acepté para poner en movimiento los dedos y la cabeza. Bueno, la cuestión es que quiero compartirles ese primer texto. Habla sobre la Luna y sobre Angaco, un departamento (partido, como muchos le dicen también) de San Juan. Se los comparto porque hay datos que pueden ser erróneos o, quizás, mal empleados. En fin, yo le veo bastantes cosas a este texto pero me gustaría que quienes lo lean comenten qué les pareció y qué le cambiarían, o no, aprovechando que saben muchísimo más que yo. Es una especie de "documental escrito". El link del artículo en la revista es este: http://imagenacustica.net/la-luna-una-vieja-querida/ Y el texto, este (me lo pidieron en invierno): Con la llegada del primer solsticio de 2017 se abre oficialmente la temporada más dura en la vida de los astroaficionados. En general, también para el resto de las personas. Pero hablando puntualmente de aquellos que aman mirar el cielo nocturno el invierno plantea desafíos level témpano. Una historia de viajeros del espacio y de un terruño sanjuanino que, de noche, es tan lunar como Ischigualasto. Atención: este texto contiene una somera aproximación a nociones astronómicas que pueden o no ser del todo certeras, y que no soportarían el menor sacudón científico. Úselas bajo su propia responsabilidad y no dude en acudir a cualquier fuente acreditada para subsanar alguna duda que se le haya despertado, ya sea por sana curiosidad o por una leve sospecha de imprecisión. ___________ El descenso progresivo de la temperatura desde los primeros días de marzo implica aclimatar el cuerpo, el espíritu pero también la cabeza. Atrás quedaron los asados, fernet y cortas noches de observación del verano. Sus ecos adquieren un matiz lejano. La cerveza pide cambio y los licores, ya entrados en calor, pisan la línea blanca con ansias. Las noches ahora son largas. En todo sentido. Las personas se resguardan del vacío espectral de las calles invernales; dilatan la salida al mundo y limitan eficientemente los momentos en donde el cuerpo tiene que soportar la intemperie. Le huyen a los paseos nocturnos. Las pizzas proliferan y los saloncitos se llenan. La cama, el sillón y la estufa ganan un protagonismo súbito. Y cuando todos se han refugiado en el santuario perfecto de sentimientos y calor humano que es la cama, cuando todos han sucumbido al enfriamiento del alma y a la ralentización de los sentidos, en el momento en el que pocas luces quedan despiertas en la tortuosa y fría noche, emergen los telescopios. Protocolo de lanzamiento Un silencio seco, roto por una solitaria moto con rumbo incierto[1], es la música que acompaña a los observadores en los preparativos previos al viaje. Otros individuos se moverían rápidos y nerviosos entre el aire helado, o calentarían sus manos con el aliento tibio de sus pulmones. Pero estas almas se saben condenadas. Aprovechan este frío porque saben que lo extrañarán cuando se enfrenten al otro. La Luna está a más de 384.000 kilómetros de la Tierra. Angaco está sensiblemente más cerca, pero los preparativos mentales y espirituales para hacerle frente en julio son tan largos y protocolares como cualquier misión del Apollo. No importa cuántas capas de abrigo rodeen el cuerpo ni qué rutina de autoconvencimiento se adopte: se sabe, se adivina en las entrañas que el ambiente será cruel. Pero hacia allá pretenden partir los observadores. Pero antes deben cargar su nave espacial de 1979 (un Halcón Milenario hecho y derecho, con sus mismas mañas y con idéntica bravura, que no es Corelliano sino Ford y que ya conocerán su nombre) con un telescopio de gama media y frazadas; combustible para la máquina, para el espíritu y recién ahí partir. Entre solitarios parrales y eucaliptus añosos se arrojan al infinito. Desde otro punto de vista, quizás el de alguien que sale a fumar en la tranquilidad ambarina del alumbrado público, la calma y soledad no es interrumpida por la sonoridad de una moto. Es posible que un bramido constante y grave rompa la fantasmagórica calma. En la segunda bocanada un anónimo Taunus desparrama, a lo lejos, ondas sonoras con rumbo al norte. Pasan los minutos y el cigarrillo muere con una inhalación caliente que quema los labios y que luego será expulsada hacia arriba. El fumador contempla el cielo oscuro e impenetrable, casi desprovisto de estrellas pero con una brillante Luna, y da una pitada final. El destino de los viajeros es Angaco, que a las dos de la mañana en pleno julio es un páramo de tierra suelta y polvo congelado. Hace mucho frío. Apenas si hay números después del cero y la coma decimal. Afuera, pero en la Luna, los termómetros marcarían menos de ciento cincuenta grados Celsius (conocidos también como Centígrados) en la parte no iluminada, la que le falta. Los 0,2 de acá se nos antojan infernales, tanto como los 100 que hacen en la porción lunar que sí se ve. La diferencia de temperatura entre el día y la noche de nuestro satélite natural, como se ve, es gigante. Su tamaño también los es, a pesar de ser la tercera parte de nuestro planeta: sus casi 3500 kilómetros de circunferencia ecuatorial intimidan al más rendidor de los motores modernos. Varios serían los tubos de gas días que invertiríamos en recorrerla en auto. Ya en Las Tapias, comarca angaquera, la superficie se percibe blanca en la oscuridad. El persistente salitre, compañero eterno de zapatillas y chacras malogradas, le da un matiz lunar a este suelo apenas pincelado de marrón claro. A un poco más de un segundo luz de distancia en el cielo, el satélite natural de nuestro planeta también se nos antoja blanco. Sin embargo las misiones Apollo (estadounidenses) y Луна (“Luna”, soviéticas) establecieron que la superficie satelital es gris. Está cubierta por un fino polvo llamado regolito, producto de, entre otras cosas, innumerables impactos de cuerpos astronómicos a lo largo de miles de millones de años, y es tan seca como un hueso, diría Carl Sagan. Acá la cosa también está seca: al bajar del auto el primer encontronazo con el aire frío y privado de humedad es violento. El microclima del Taunus (conocido también como Lince Intergaláctico, ahora ya saben su nombre) queda atrás rápidamente y la cara, como línea de vanguardia apenas cubierta, sufre los embates de la intemperie. Las manos, vestidas con un estirado y poco abrigado par de guantes (de los negros, los de ¿lana?) sucumben luego, y los pies (¡ay, los pies!) reprochan ya helados no haberlos rodeado por una tercera capa de medias. Pero sus gritos son ahogados por la capita de regolito angaquero, mezcla del ya mencionado salitre y el polvo seco, frío y yermo al que están acostumbrados en la tierra de la Difunta Teresa. Pero sobre nosotros está el espectáculo que vinimos a buscar. Una sinfonía de luces con predominio del blanco y salpicada de rojo y azul se nos viene encima y nos abraza atravesando luego nuestras almas. Ese negro impenetrable que contempló el fumador es ahora un palio brillante y múltiple de miles de millones de planetas, estrellas, nebulosas, cúmulos estelares y galaxias tan pero tan lejano que de sólo pensar en los 35 kilómetros que hay hasta la Plaza 25 nos dan ganas de correrlos, trotarlos, caminarlos incluso para atrás. Qué maravillosa y hermosa burla del destino es esa lejanía insondable… En este relato, sin embargo, nos vamos a detener en la Luna. Son apenas las dos y algunos minutos de la madrugada y el techo del auto ya está helado. Pero helado de verdad, no metafóricamente: están comenzando a congelarse las humildes cantidades de humedad que hay en el ambiente sobre el techo vinílico, señal inequívoca de que es más que inminente la helada. El dolor en el cuello de tanto mirar para arriba indica que es momento de sacar al morocho de su cálido refugio que es el asiento trasero. Hay que armar el telescopio. Y mientras echo mano a la brújula y a la montura (que es el trípode más el mecanismo para seguir el movimiento aparente de los astros) los otros observadores se encargan de dos tareas más que vitales también: alguien tiene que abrir la botella de licor cebar los primeros mates y otro tiene que buscar un arbusto alto, ancho y relativamente aislado para, detrás de él, prender fuego. Esta tarea sí que es compleja: para una correcta observación astronómica la luz debe ser nula. La oscuridad debe ser total, implacable. Pero otra cosa implacable es el frío, como la neumonía que le puede seguir. Y como somos tres pero sólo uno puede mirar por el ocular, los otros dos se refugian en las llamas, que deben, a su vez, estar resguardadas, ocultas, sin estorbarle al que navega por el cosmos. Entonces así estamos: con la silueta inconfundible del tubo apuntando al infinito y el crujido chispeante del fuego recién encendido. Ahora hay que aclimatarse. Nosotros, mental y físicamente; y el telescopio, ópticamente. Sucede que en su interior el aire y los espejos que lo componen están a una temperatura que no es la misma que en el exterior, y esto provoca aberraciones en la imagen. Son mínimas en instrumentales amateur como el que poseo, es cierto, pero mientras tanto entramos en calor nosotros y, de paso, dejamos que el moreno entre en frío también. De dónde venimos y hacia dónde vamos Algo debe tener el fuego. Se lo he preguntado muchísimas veces pero el parco no quiere responder. La humanidad, creo -pero otros también lo afirman-, siente una especie de hipnosis cuando se sienta alrededor de una fogata. Algo muy fuerte debe haber generado en los primeros humanos, de los que soy y somos parte, porque evidentemente ha trascendido todas estas generaciones que pasaron hasta hoy: protegidos por las llamas del inclemente frío muchos, sino todos, nos hermanamos y las voces de 10.000 ancestros hablan dentro de nosotros y comenzamos a contar historias. Como las que siguen. Existen muchas hipótesis para explicar el origen de la Luna y casi todas son disímiles y quizás contradictorias entre sí. Pero algo comparten, y es el origen casi simultáneo de nuestro planeta y su satélite natural. Una de estas tesis cuenta que la Tierra, ya formada, navegaba tranquila por su órbita hasta que la Luna se acercó y quedó atrapada por la gravedad de nuestro enorme planeta. La descartaron porque, calcularon, un objeto del tamaño de la Luna no se frena tan fácil. Otra hipótesis asegura que una prototierra todavía incandescente giraba tan rápido que lanzó al espacio material fundido que luego se reagrupó, enfrió y comenzó a seguirnos por las noches para iluminar nuestro camino. Es una buena explicación. Los perros mojados y los secarropas la amarían. Pero los astrónomos no: afirman que una Tierra girando tan rápido nunca hubiese llegado a formarse como la conocemos. Pasemos entonces a otro origen: que nacieron juntas. Los planetas, satélites y asteroides se forman, según una teoría, por la acreción de materia (pequeñas cantidades se van uniendo entre sí y creciendo, teniendo más gravedad y por consiguiente atrayendo a más materia) y según la hipótesis de las gemelas astronómicas tanto la Tierra como la Luna se acompañan desde que eran pequeñitos granitos de arena en el espacio. Pero, recordando a las misiones estadounidenses y soviéticas (que trajeron muestras de la Luna), los científicos afirman que allá arriba hay muchos elementos que acá no encontramos ni por asomo, y si los hallamos no es en la misma proporción. Entonces, más que gemelas parecen ser primas hermanas. La última explicación antes de pararnos para ir, por fin, a observarla es un tanto hollywoodense: que un cuerpo del tamaño de Marte (que bautizaron como Tea) impactó de lleno contra la Tierra, se fundió llegando al centro de nuestro núcleo, destruyó lo poco que se había alcanzado a formar y lanzó ingentes cantidades de material al espacio en un desparramo descomunal de magma. Luego, gran parte de esta materia se reagrupó en una órbita cercana originando a una rimbombante (y totalmente prendida fuego) Luna. A favor de esta hipótesis está la composición isotópica casi idéntica de ambos cuerpos celestes y los reproches antes expuestos de las otras, que esta tesis sí responde[2]. Una cosa es segura: la señora de las noches[3] es tan antigua como nuestro planeta. Sea cual sea su origen, se formaron para la misma época hace más de 4500 millones de años. Nosotros, según la ciencia, apenas hace uno o dos millones. Es muchísimo y apenas nada a la vez. Adentro nuestro, en cada molécula de ADN, viajan los vestigios de esos primeros hombres y mujeres que en nada se parecen a nosotros. Y sin embargo, tanto ellos como los que se hayan sentado alguna vez al calor de una fogata han visto a la misma luna, al mismo disco o arco resplandeciente. Quizás con un par de cráteres menos, o distintos, porque muchos de los accidentes selenográficos (los geográficos son los de la Tierra) son tan antiguos como ella misma y otros se fueron formando con el tiempo, acompañando nuestra propia evolución. Incluso, existen relatos medievales de repentinas iluminaciones lunares. Hoy sabemos, o creemos saber, que eso que vieron nuestros también antepasados era el impacto en vivo y en directo de otro cuerpo celeste contra nuestra querida glotona de aceitunas. Y por eso dije “hermanamos” más atrás. Incontables disputas tenemos y hemos tenido entre nosotros, pero a la Luna la miramos seamos homo erectus, homo habilis, neandertales, homo sapiens, medievales, victorianos, modernos, defensores de la pizza con ananá o creyentes de Whatsapp dejará de ser gratuito, lo anunciaron en la tele. Allí está ella, quizás más cascoteada que cuando todavía vivíamos en África; tal vez dejó ya de ser una diosa (o no) pero sigue estando. Y es uno de los pocos objetos celestes que pueden verse aun con el resplandor del fuego. Moscú, aquí desde el cosmódromo de Angaco… Al alejarnos del fuego y caminar hacia el telescopio se disfruta el paisaje nocturno de este terruño. Mientras los ojos se acostumbran a la oscuridad se puede adivinar la línea ondulante con explosiones de formas vegetaloides que divide todo en dos partes. Una abajo, blanca, helada, adormecida y estéril; la otra, arriba, es oscura y lejana. Una distancia todavía medida en decenas o centenas de kilómetros. Y el límite, por ahora, es otra línea con sus propias formas: una barrera apenas visible, levemente menos oscura que el fondo, gigante e infranqueable tanto para el ojo como para el alma de todo habitante del Tulum. Su trazo grueso se adivina en la memoria. Su rugosidad está dormida en el inconsciente. El Pie de Palo no se ve pero se presiente en el horizonte angaquero. Y detrás de él bailan las estrellas. También encima. Es una danza poco vistosa, dirían en algún programa de televisión. Pero en otros explicarían que es más bien un movimiento aparente, un peregrinar apenas perceptible. Y mientras miramos al cielo en la tupida oscuridad y nuestro cuerpo se desprende del hermoso calor, decidimos que es hora de despegar. Es momento de romper los primeros límites; de agregarle unos ceros a los kilómetros que miden la lejanía apuntándole a la Luna. Por el día y la hora ya está más cerca del horizonte que del cénit (el punto justo sobre nuestras cabezas). Tardará un poco más de dos horas en ocultarse y está lo suficientemente lejos de las luces parásitas de la ciudad; pero además, les dará el protagonismo, después, a las estrellas, galaxias y nebulosas (pero en esta oportunidad no hablaremos de ellas) y con esto aprovechamos el viaje, el frío y la reflexión (también el gas del auto, che). Así que ahí está ella, gibosa y creciente, arrogante. Insensible a nuestro frío, a la oscuridad que nos rodea; inmune a la barrera simbólica que son los cerros y, sobre todo, indiferente a nosotros. Su lejanía no le impide, sin embargo, saberse observada: es consciente de que es portadora de una belleza incomparable. Pero realmenteincomparable: nada hay en la naturaleza ni en el artificio del hombre que se le parezca; ni en su enigmática forma, color, brillo, porte, o elegancia. No hay nada. Pero nada. Podremos inventar lo que queramos… Estrella de la Muerte incluida, que no igualaremos la belleza selénica. Lleva eones enamorando seres de la Tierra. Y todo esto a simple vista. Imaginen lo que es verla. Pero verla de verdad. Posar el ojo en el ocular y contemplarla viva, allí mismo, y maravillarse con sus formas y su majestuosidad. Poder discernir que sí, que es indefectiblemente esférica; que presenta relieve y no a los Reyes Magos o un burro en su superficie. Que tiene un impacto descomunal, llamado Cráter Tycho, que es ineludible de lo impresionante que es a la vista. Que con el aumento preciso se puede ver el juego de luces y sombras en el fondo de sus valles, o los picos iluminados de sus montañas con la misma facilidad y detalle con el que vemos los cerros zondinos en un amanecer de primavera; esos crepúsculos que nos encuentran yendo hacia el oeste por la Circunvalación y la vemos ocultarse somnolienta pasando el Hiper. Y una vez que la viste incluso por el telescopio más barato, déjenme decirles, no la volvés a ver igual nunca más. Jamás. Y menos en la soledad fría y vacía del campo angaquero. En estos parajes austeros y olvidados que se han curtido de noches inhóspitas como el espacio por donde navega esta bella dama. ¿Cómo no viajar hasta ella y orbitarla con la imaginación, cómo no sentir que a través del telescopio uno se mete por el ocular, se acomoda entre los espejos y es disparado como en un Soyuz o un Saturno V (uno comunista, el otro capitalista, pero humanos los dos; ustedes elijan) y recorrer instantáneamente los 384.000 kilómetros para verla de cerca si el mismo frío, la misma soledad, el mismo vacío y la misma inmensidad que habría allí la tenés a tu espalda, a tu alrededor? ¿Cómo no sentir que estás en la Luna si Angaco, de noche y en invierno, con su suelo gris y polvoroso, congelado, yermo y apenas pedregoso, rodeado de frías e inertes cadenas montañosas, su cielo brillante de estrellas es igual a la Luna? ¿Qué otra sensación tendríamos en el medio de la nada espacial? Somos tres, recién nos bajamos de una nave que se nos puede romper en cualquier momento (pero no lo hace), cubiertos por gruesos trajes que nos aíslan del despiadado ambiente exterior y pisamos polvo suelto, gris y estéril. Discúlpenme, pero somos tres astronautas[4] en la Luna. Un reingreso calmo y reflexivo El final de la sesión de observación no es triste. Luego de sobrevivir más de tres horas a los azotes de la helada uno ya añora la hospitalidad de su casa. Y habiendo contemplado todo lo que el despejado y hermoso cielo sanjuanino le ha regalado, y después de haber comentado con los compañeros las impresiones y pensamientos de un viaje mensurado en años luz o en cientos de miles de kilómetros, no se puede más que agradecer en silencio. La vuelta es compartida en la nave espacial no sólo por los tres autonautas, las incontables reflexiones que aparecen en la mente, las innumerables generaciones que nos precedieron y las que nos procederán, sino también por la extraña sensación de paz que todo humano siente al saberse mortal pero infinito; al descubrirse o redescubrirse en esta inmensidad de aparente soledad intergaláctica (¿estaremos solos? Pregunta que quedará para otra ocasión); al concebirse pequeño, minúsculo, mínimo, despreciable en un océano de otros mundos, de otras estrellas y otras realidades. Y allí es cuando no hay guerra, genocidio, disputa, injusticia, mentira, usurpación, exilio, imposición cultural o dominación extranjera que tenga justificación alguna; que pueda ser entendida o defendida por algún ser pensante. Sólo cuando entendés cuán frágil sos, cuán diminuto parecés ante lo que está allá afuera, qué tan poco hemos transitado por este mundo (y cuánto daño le hemos hecho ya) es que comprendés cuán miserables quedamos ante el universo con nuestras peleas humanas. El rey más poderoso, el dictador más prepotente, el político más manipulador, pero también el campesino más pobre, el ciudadano más oprimido y el crédulo menos instruido es nada en la aparente indiferencia del cosmos. Pero al bajarse nuevamente en la luz ambarina un pensamiento de esperanza sacude la espalda helada: somos nada, pero también somos todo, y todos. _________ [1] Quizás un perro. [2] A saber: no hizo falta frenar nada, de hecho chocaron; la Tierra se formó de manera independiente y no necesitó girar tan rápido; se originaron por acreción de materia, sí, pero vaya uno a saber en qué partes separadas (pero no tanto) del Sistema Solar y de ahí sus diferencias sutiles de composición; pero, sobre todo, esta hipótesis explica también los grandes parecidos, entre ellos el núcleo de hierro y los mismos isótopos. [3] Aunque esto es poético, ya que también se la puede ver de día. [4] Este cronista prefiere el término cosmonauta, que le hace más honor a los que viajan por el cosmos en general que sólo aquel que se refiere a navegar por las estrellas, o sea astronauta. Pero a la Luna llegaron humanos que se autodenominaban de la última manera, y también hay que honrarlos. Bueno, era eso. Si no va en esta sección les pido a los moderadores que la muevan; o si consideran que no corresponde el pedido borren el tema tranquilamente. Muchas gracias!!!
  3. Hermoso. Simplemente hermoso. ¡Gracias por compartir!
  4. Yo tampoco entendí la referencia a CABA.
  5. No, no era eso jajaja olvidé decir que eran detalles de su atmósfera.
  6. En vísperas de su oposición he estado reflexionando mucho sobre Júpiter. Para colmo llegó a mis manos algo de la literatura de Asimov (algunos cuentos selectos) que era una de mis materias pendientes. Por eso, y porque ya me venía picando el bicho en los últimos días, anoche le tiré a los gigantes. Y como me sobraba nafta me fui por ahí, sin saber dónde terminaría. La manija Cerca de las cuatro de la tarde caminaba hacia mi trabajo mirando el cielo, despejado y limpio, y notando que la humedad de las pasadas lluvias era algo casi del pasado. Perfecto, me dije, así esta noche saco el aparatejo y me doy una vuelta por Júpiter, que está próximo a ser bastante visitado. Aproveché el tiempo de la caminata para pensar mucho en astronomía, en los viajes a Marte y la colonización del espacio. Influido claramente por Asimov me metí en la ciudad pensando en grandes naves, silenciosas, pacientes, aparentemente vagabundas, libres en el espacio interplanetario llevando provisiones a otros mundos. Desacoples programados de sondas, cargueros espaciales, conflictos de recursos... ufff. Relatos e imágenes mentales en una transmisión que sólo yo podía disfrutar. Así llegué al diario y entré mirando al cielo, como pidiéndole que se mantuviese así, con esperanza para la noche. Una vez sentado en la oficina seguí prendido en el cachengue estelar acá en EP, como verán en mi registro del foro. Las horas pasaron. La ansiedad subía. Era un coctel peligroso el que tenía en la cabeza: documentales, blogs, EP, Asimov, oposición... El golpe de realidad Ay, pero a la salida del trabajo... ¡nubes! ¿¡Pero de dónde, carajo, si el cielo estaba diáfano cuando entré!? La Luna apenas asomaba, medio tapada y con un halo húmedo y brillante. ¿Júpiter? Encerrado viendo Netflix, seguro. No había nadie en el cielo. Todo parecía perderse para la visita, para la noche de telescopio y café, para todo. Qué mierd*. Para colmo, durante el camino en el colectivo, se terminó de encapotar. Vaya que estaba desinflado este ánimo. Afortunadamente en casa había pizzas y algo con qué entretenerse; pero no era lo que había planeado, lo que ansiaba. En fin, tuve que conformarme con algo mundano. Hasta más o menos las tres y media. Permiso, ¿se puede? Antes de apagar la compu y retirarme amargamente a dormir salí y miré el cielo, como para tirarle una puteada al pasar. Para que supiera cuán enojado estaba. Pero me tenía una sorpresa, el muy guacho: absoluta, completa, total e increiblemente despejado. ¿Y el manto nuboso? Mucho antes de responder esa pregunta ya estaba sacando el 130 para que se aclimatara. Puse el agua, mientras, y algo de música en la compu. Entretanto chequeaba el seeing, como si fuese experto o supiera algo más que el significado de la palabra: estaba medio fulero, pero no me importó. Al fin de cuentas una imagen ondulante es mejor que nada a esta altura. Me preparé uno de esos yerbeados (mate cocido) cargados y vaporosos que despiertan el alma en invierno y me subí a la nave. Casi entrando en el umbral de luz de la ciudad, hacia el oeste, estaba solemne y engalanado el señor gigante. Le apunté, le pedí permiso y quedé rápidamente en órbita. Gigante No voy a hablar sobre el tamaño aparente de Júpiter, si está más o menos "grande" que en otras observaciones o si es notable a primera vista. Sí voy a decir que nunca antes lo había visto con tanto detalle, tan nítido... tan ahí, a la mano. Con el BST de 18 mm se veía una pelotita furiosa, anillada y brillante, acompañada de cuatro escoltas bien diferenciados. Como si el planeta fuera un acorazado japonés, este estaba rodeado por cuatro buques, tres atrás y uno abajo, que lo custodiaban y acompañaban en su derrota por el firmamento sanjuanino. Hola, señor. Pero qué hermoso que se lo ve. ¿Le molesta si lo miro más de cerca? Permiso, voy a poner el BST de 12... Quiero ver si todas esas líneas de colores que puedo ver con el 18 se resuelven mejor. Cambio los oculares. No sólo se resolvió mejor, como quería, sino que aparecieron detalles que sólo había visto en fotos. Alcancé a contar seis franjas, algunas menos lineales que las otras, como con protuberancias. Distinguí sus colores, su ancho, y no pude dejar de pensar que así deben haberlo visto los personajes de A lo marciano, que me voló la cabeza hacía unos días. Estoy a medio camino entre el Cinturón de asteroides y el gigante, imagino en la oscuridad, y le doy un trago a un café ya algo frío. Avanzo no sé cuántos miles de kilómetros con el BST de 5. Casi estoy al lado. Casi. Y es casi sólo porque si estuviese al lado lo vería aun mejor y más grande, pero no puedo dejar de pensar que nunca antes había visto a este planeta como lo estaba viendo ahora. "¿Y el seeing fulero?" se preguntarán. Pues bien, yo también lo hice sacando la vista del ocular y poniéndome los anteojos para escudriñar el cielo. ¿Y el seeing fulero? A otra cosa Sabiendo que así como antes estuvo nublado y ahora no lo estaba, y que hacía media hora las estrellas titilaban y ahora no, me apuré y cambié de dirección. Me fui rumbo a Saturno antes de que pasara algo más. Qué sé yo: viento, temblor, nubes otra vez, un zonda inoportuno. La verdad que con San Juan nunca se sabe. La última vez que vi Saturno la reseñé acá. Me acuerdo haber dicho que pronto tendría mejores vistas. Qué lindo que se haya cumplido tan pronto. Y qué linda que se veía esa bolita amarilla con sus anillitos. Qué hermosa. Qué tranquilizadora imagen la de ese enorme planeta acompañado por Titán y una sutil y brillante capa de luminiscencia. Miré directamente y con la visión periférica. Lo miré todo, entero, casi indecorosamente. Cambio del 18 al 12. Algo aparece al borde de los anillos, algo que no esperaba ver. Una característica que pensaba que sólo podría apreciar en cielos verdaderamente negros, indómitos, alejados de leds y calles: la división de Cassini. Mi primera vez con ese accidente saturnino ocurrió, por fin, y cuando menos lo esperaba. Contemplé esa belleza por unos minutos, sabiendo que cuando cambiara al 5 mm quizás no pudiera resolverla. Seguí estupidizado por un rato más hasta que la vista llegó a su límite físico. Recién ahí cambié al ocular de mayor aumento. Y me desmayé. Mariposa No sólo pude, con el BST de 5 mm, resolver mejor la división de Cassini sino que además aparecieron otras estructuras, que no me animo a llamar anillos, pero que sí podría decir que eran como un degradé: comenzaba firme y nítido cerca del planeta, finalizaba abruptamente en la división de Cassini y luego aparecía esta suerte de degradado que iba de amarillo-naranja a negro, desapareciendo paulatina y progresivamente. Me quedé impresionado. No miraba otra cosa que la circunferencia de esos anillos claramente definidos. Hasta que observé un detalle en el planeta: había una mancha marrón-dorada, algo más oscura que el resto, atravesada casi por encima del ecuador y extendiéndose de una punta a la otra del áureo compañero. Ahí recién caí en la cuenta de que no sólo estaba observando a los anillos con una definición que nunca había logrado, sino que también podía ver al planeta con un nivel de detalle que creía impensado. Tanto, como dije, por la mala ubicación como por el clima. Además, y esto es vital aunque no lo nombré ahora (pero en la otra reseña sí), el equipo no está en plena condición: tengo que colimar. Por eso mi emoción; de ahí la espectativa al caer en la cuenta de que si así pude ver lo que vi, no me quiero imaginar lo que va a ser cuando el 130 esté al 100%. En el tintero Luego de un lindo viaje por los grandes gaseosos me fui a dar una vuelta por ahí, sin saber dónde iba a atracar. Encontré tres impactantes cúmulos hacia el sur y otro cerca del cenit (a las seis de la mañana) que no sé cómo se llaman. Por eso quedan afuera de esta reseña. Tendrán su oportunidad más adelante. Ahora me concentré en contarles cómo fue mi experiencia con este amigo casi agasajado, que está en la mente, en el buscador y en las retinas de muchos por estos días. Fue una linda previa de lo que podremos, esperemos, ver mañana. Abrazos, fernets y buenos cielos para todos. Gracias.
  7. Me ha pasado con amigos, así que imagino lo frustrante que debe ser con eventos. De todas formas yo pensaba en una publicación (onda fanzine), en microdocumentales y esas yerbas. Para perder tiempo y plata, viste.
  8. Le estás dando demasiada entidad al pobre Angaco No hace falta irse tan lejos: yendo por 21 de Febrero, pasando calle Belgrano, donde comienza esa especie de pampa salitrosa ya se ve bien (aunque al Oeste tenés las luces de la ciudad). Y Talacasto está deshabitado: salvo por el casero (que apaga las luces a la madrugada) no hay seres humanos ni luz.
  9. ¡Hola, genio! Muy bueno tu relato, me encantó. Rescato algo que me llamó mucho la atención, y que quizás por tu edad -probablemente yo hubiese respondido lo mismo con 14 años- creíste prudente: "cuando alguien me preguntaba qué llevaba ahí decía ´son las cenizas de mi abuelo´ porque nadie de ahí tenia idea de qué estaba llevando". La próxima vez que alguien te pregunte qué llevás ahí, y por más cara rara o burlona que te pongan, decí con orgullo que llevás un telescopio. Porque este instrumento, portable, relativamente económico, preciso hasta donde lo amateur lo permite, es un logro del ingenio del hombre. Y con tu edad, y con la mirada que muchos tienen de la adolescencia, es doble el mérito. Por más que se burlen de vos y te hagan chicanas sobre lo nerd, geek o friki que te ves nunca escondás tu pasión -porque se nota en cómo escribís y describís lo que viviste- y, si podés, abrila al mundo. Contales que llevás un artefacto óptico que sale tan caro como un celular, que con él no sólo ampliás tus horizontes visuales sino también los de tu mente. Deciles todo esto que nos relataste a nosotros e invitalos a que vayan con vos. Por ahí, quizás, alguno se interesa y te acompaña. Por ahí son dos, o tres. Tal vez también le llame la atención a alguna chica -haceme caso: parece imposible pero pasa. Doy fe jajaja- o a una familia con chicos o pibes de tu edad. ¡Si hasta podés despertarle el gustito a alguien que ni sabía lo (casi) fácil que es mirar el sistema solar o el universo! Animate. No ocultés lo que te gusta hacer. Con el tiempo vas a ver que, de los 44 millones de argentinos, a algunos locos o locas te vas a encontrar. Si nadie sabe ni tiene idea de qué es lo que llevás, iluminalos. Haceles saber.
  10. Qué buenos temas. Ojalá algún día pueda escuchar estas historias, como dijo @walteriusdp, en una gran ronda con mates. Según cuenta mi viejo, cuando yo apenas era un bebé y lloraba mucho él me sacaba a mirar las estrellas. Con eso, dice, me calmaba y dejaba de llorar, miraba atontado prendido del chupete hasta que me adormecía. Y algo de verdad debe tener esa historia pues todavía siento un efecto tranquilizador al mirar el cielo nocturno. No podría decir con seguridad cuál fue el primer objeto que vi a simple vista porque, como leyeron, miro el cielo desde que tengo apenas unos días, y tengo recuerdos de la Luna, las Pléyades (que también llamaba Siete cabritas), Orión y Venus que son tan viejos como mi memoria. Tengo imágenes en mi cabeza que hablan de veranos mirando la Luna tratando de encontrar a los Reyes Magos, por ejemplo. Sí puedo decir que a la Cruz del sur la conocí gracias a una tarea que me dieron en primer grado y que completé con algunos Anteojitos que hablaban del tema. Demás está decir que siempre quise un telescopio, pero nunca me lo pudieron comprar. Recién estrenando mis 22, en el año 2011, pude acceder a un Galileo 70/300 que compramos con mi vieja y que le "regalamos" a mi hermanito para los Reyes. Claramente era un autorregalo vagamente encubierto. Esa misma noche le apuntamos a la Luna y a Saturno. Desde ahí una parte de mi vida cambió, y espero que la de mi hermano también. PD: @tacun qué bello y limpio es el cielo de Angaco. Allí tengo uno de mis rincones para observar. El otro es el fondo de mi casa, el de mi viejo y mi amado Talacasto.
  11. pablorr

  12. El misterio de la X-37B

    Qué buena reflexión
  13. Venga para San Juan, nomás. Acá lo espero con un asado y fernet. ¡Gracias por leer! Gracias, César. Escribo esto gracias a todo lo que leí de ustedes y todo lo que aprendí de sus reportes, fotos y tutoriales. Viajo con ustedes y también están conmigo cuando miro, y por eso me gusta redactar luego mi experiencia. Con respecto a dedicarme a escribir: es mi sueño. Tengo algunas cosas escritas y la gente que las ha leído me ha dicho que están buenas. Ojalá algún día pueda publicar =) Muchas gracias! Sí, es este: tengoquedarledecomeralgato.blogspot.com.ar Ahora no hay nada de astronomía salvo este mismo texto, pero hay algunas otras cosas que escribí. Gracias!!!
  14. Jajajaja qué grande @CODO! Gracias a todos. @javieriaquinta sí, es una zona tranqui. Pasaron un par de autos pero miraban con curiosidad nada más.
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