Trabajo enviado por:
Lic. Mariano Ribas
Coordinador del Area de Astronomía del Planetario de la Ciudad de Buenos Aires Galileo Galilei. Periodista científico del diario Página/12 de Bs. As. Columnista de astronomía del programa de TV Científicos Industria Argentina, que se emite por el canal porteño Telefe. Integrante del Grupo de Rastreadores de Cometas de la LIADA. Lic. en Ciencias de la Comunicación, con especialización en Periodismo (Universidad de Buenos Aires, 1996) Astrónomo amateur y divulgador.
Hace 37 años, el planeta entero se paralizó por un día. Fue un momento mágico, porque toda la humanidad estuvo conectada por un hilo invisible que atravesó fácilmente todas las fronteras. Aquel día, hubo un solo latido, común y esencial. Evidentemente, el alunizaje del Apolo XI fue uno de los más grandes hitos de la historia: el 21 de julio de 1969, nuestra especie se animó a dar sus primeros pasos fuera de la Tierra. En aquel momento, todos los ojos, todos los oídos, y todos los corazones estuvieron pendientes de lo que ocurría en el “Mar de la Tranquilidad”, una región de la Luna ubicada muy cercana a su ecuador. Durante la corta estadía de Armstrong y Aldrin, allí funcionó la “Base de la Tranquilidad”, un sitio donde, entre otras cosas, los astronautas caminaron, saltaron, juntaron rocas, y tomaron imágenes. Y al irse, dejaron sus huellas y unos cuantos objetos: los rastros de nuestra primera gran aventura espacial. El valor histórico de ese lugar es inmenso, y no resulta raro que haya quienes estén pensando en protegerlo, convirtiéndolo en un patrimonio para las futuras generaciones. Un sitio arqueológico en la Luna, ni más ni menos.
Un lugar a proteger
Puede sonar un tanto extraño, pero al fin de cuentas, el asunto es de lo más razonable: aunque lejano, ese rincón de nuestro fiel satélite es sumamente simbólico. Y seguramente, algún día será visitado por nuestros descendientes. Por eso, habría que protegerlo. La cuestión es que, durante los últimos años, cuatro arqueólogos norteamericanos, de la Universidad de Nuevo México, dieron el puntapié inicial, apoyados por la NASA y un consorcio espacial local (el llamado New Mexico Space Grant Consortium). La idea de Jon Hunner, Beth O´Leary, John Versluis y Ralph Gibson es clara y sencilla: incorporar a la “Base de la Tranquilidad” (y todo lo que allí quedó) en el Registro Nacional de Lugares Históricos de los Estados Unidos. La iniciativa parece bastante localista, más teniendo en cuenta que, en 1967, la Luna fue declarada territorio internacional en el Tratado Espacial de las Naciones Unidas. De todos modos, y considerando esto último, bien podría ser un ejemplo a seguir por los demás países del mundo. Claro, hasta ahora, nadie había pensado en ese lugar como una propiedad arqueológica destinada a ser protegida y estudiada en el futuro. Pero, sin dudas, vale la pena: “las huellas de los astronautas en la Luna son tan significativas para la historia de la humanidad como las huellas de nuestros lejanos antepasados encontradas en Tanzania, que tienen 3,7 millones de años”, dice Gibson. Y no hay mucho que agregar. (Un dato al margen: en el célebre “Cosmos”, del inolvidable Carl Sagan, hay una página donde aparecen, comparadas, las fotografías de estas dos huellas. Y al verlas, uno siente un inevitable escalofrío).
Inventario lunar
Desde hace años, estos científicos norteamericanos están realizando un inventario con todos los objetos que dejaron allí los astronautas del Apolo XI. La lista incluye cosas obvias, como la famosa bandera, la parte inferior del módulo lunar (el “Eagle”), y varios instrumentos científicos (sismógrafos, magnetómetros y otros). Pero también da cuenta de otros elementos no tan conocidos, como herramientas, botas, dos medallas en homenaje a los astronautas rusos, y hasta unas simples bolsitas de alimentos vacías. La tarea no es tan fácil como uno podría pensarse, porque si bien es cierto que hay montones de fotografías y filmaciones tomadas in situ, también es cierto que nunca antes se había intentado catalogar los “recuerdos” de la misión (no hay listas ni registros). Por otra parte, hay cuestiones legales y terminológicas que hacen que la tarea sea un tanto tediosa. Y es lógico, porque las leyes norteamericanas no fueron pensadas para ser aplicadas en otro mundo.
Un legado del siglo XX
El inventario lunar es tan sólo un primer paso. Y en realidad, no es mucho más lo que puede hacerse aquí y ahora. Pero si prospera la idea de convertir a la “Base de la Tranquilidad” en un sitio histórico y arqueológico, no sería nada raro que, en un futuro no tan lejano, unas décadas tal vez, un grupo de astronautas volviera al lugar para cercarlo, dejándolo tal cual esté. Jugando un poco con la imaginación, hasta podríamos imaginarnos a unos turistas del siglo XXII, fotografiando (quien sabe con qué aparato) las legendarias huellas de Neil Armstrong y “Buzz” Aldrin. Y seguramente, aquellos visitantes se detendrán a pensar, ante algún símbolo recordatorio de aquella formidable hazaña. Tal vez, sea monolito que rezará, por siempre, aquella frase inolvidable: “un pequeño paso para un hombre, pero un gigantesco salto para la humanidad”.
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